No hay forma de detener su avance. La gestión de las comunicaciones vive ya una revolución con la llegada de la inteligencia artificial. Desde la redacción de documentos hasta las estrategias mismas pueden hoy ser creativamente modeladas por la IA. Ni siquiera la asesoría uno a uno se salva, porque ante una determinada encrucijada, las herramientas de IA pueden sugerir cursos de acción tanto o más fundamentados. Me dirán que en las reuniones un humano es capaz de leer el lenguaje no verbal como indicación de recepción o rechazo de una recomendación inmediata o que incluso puede actuar como “psicólogo” de sus contrapartes. Nada de eso es una barrera permanente de la IA: sensores cada vez más discretos serán capaces de leer el lenguaje no verbal o procesar la información hablada para entregar en el acto una respuesta por escrito o verbal. El único reservorio que parece ir quedando es el contacto sensorial -piel a piel- que nos distingue como seres vivos. Pero hasta eso podrá ser resuelto por la tecnología mucho más temprano que tarde. ¿Qué espacio nos quedará a los hombres y mujeres en su conjunto y a los gestores de comunicación, en particular?
En esta ardua tarea de diferenciarnos de la IA, un ámbito de difícil emulación es la generación de las interconexiones sociales y las relaciones de poder. Contar con las redes e influencias para conseguir la cooperación del actor A con el actor B y producir un resultado parece estar fuera del alcance actual de la IA. No cuenta con la confianza del actor A ni el poder de ese actor para incidir en el actor C o el D. La IA puede entregar los consejos para proceder, hasta el relato que convenza, pero no tendrá forma por sí misma de tejer las interacciones sociales para llegar a una meta. No es solo un tema de emociones distintas a la racionalidad de las máquinas; es la esencia misma de una especie inseparablemente individual al mismo tiempo que colectiva. La IA nos dirá qué piezas mover, pero el movimiento en sí seguirá a cargo de los humanos. ¿Es esto permanentemente así? Dada la velocidad y disrupción de la tecnología, posiblemente no, pero parece una ventaja del humano hoy aún difícil de superar.
Las universidades no deberían centrarse demasiado en los conocimientos técnicos de los futuros comunicadores. En una aparente contradicción, a medida que la tecnología avanza, nosotros debemos retroceder: reconectarnos con los instintos de socialización de las etapas tempranas de nuestra especie. Aprender a leer a las personas; a tejer conexiones; a avanzar y retirarse; aprender a liderar. ¿Cómo se traduce esto en una propuesta de valor para nuestros clientes o empresas? Precisamente en poner a disposición las habilidades de tejer redes internas y externas a la organización para lograr una meta. El movimiento generado no es una habilidad únicamente del líder: entre mayores capacidades de conexión tenga todo el equipo, más efectividad. ¿Es esto nuevo? Por supuesto que no, ya existe. La pregunta original que nos hicimos no es qué nuevo debe desarrollar el ser humano para competir con la IA, sino qué espacio de lo humano no es por ahora conquistable por dicha tecnología.
La capacidad de, como en el billar, “golpear la bola con el taco” para producir movimiento seguirá siendo un atributo esencialmente humano. Hoy algunos lo tienen, pero el objetivo es avanzar a que lo desarrollen todos los miembros de un equipo. Descansar en el tradicional “delivery”, al que estábamos acostumbrados a entregar, tiene los días contados.